Se está muy solo en el Barco de Teseo: Capítulo 4

Capítulo 4: Confidentes 

Madrid, 17-02-2023

Reflexiono un momento antes de hablar.

Me preocupa mi matrimonio, siento que va cuesta abajo y no estoy bien. Quiero arreglar las cosas, quiero que estemos bien —digo finalmente, con una cierta inseguridad.

«Debería estar ella aquí, no tú, y lo sabes», murmura el demonio en mi mente, tímido ante la presencia de Belén.
Belén me observa desde su gran escritorio, asintiendo con atención. Baja la mirada y toma algunas notas.

Verás, Víctor, es más común de lo que solemos pensar atravesar crisis matrimoniales. Es positivo que tomes en serio la salud de tu relación y tu bienestar emocional. ¿Habéis considerado hacer terapia juntos? —pregunta con su tono sereno, como si ya hubiera tratado este tema cientos de veces.

No puedo evitar sentir que estoy metiendo mi matrimonio en el saco de otro matrimonio más con problemas. Me viene a la mente Paolo, mi amigo de toda la vida, y solo pienso en lo bien que lo ha hecho. Siento felicidad por él, mezclada con la amargura de lo que me está ocurriendo, como cuando veía sus buenas notas mientras yo suspendía.

Tuerzo el gesto mientras busco las palabras.

—Ella no quiere que esto… salga fuera. Ella y su familia son muy reservados, cuidan mucho su imagen. Además, creo que no confía en todo esto.

—Entiendo. ¿Y ella sabe que has venido? —pregunta Belén mientras sigue escribiendo. El sonido del bolígrafo acompaña al tictac del reloj, creando un ritmo que llena los silencios.

Sí, pero no ha mostrado mucho interés, ni siquiera preocupación porque necesite hablar con alguien —respondo, con la cabeza gacha. Todavía me cuesta aceptar que tampoco se está involucrando en esto. Esbozo una sonrisa ante la ironía que significa estar hablando de mi intimidad con una persona que me han recomendado y acabo de conocer en vez de estar hablando con mi esposa.

Me gustaría que esta sesión sea más para conocernos. Antes de profundizar en lo que está ocurriendo ahora, sería útil saber más sobre ti. ¿Qué te parecería escribir un texto sobre quién eres y cómo has llegado hasta aquí? Tu infancia, los eventos más importantes… el largo que te sientas cómodo. Todo aquello que me quieras contar. Sólo te pido que empiece de la siguiente manera: Soy Víctor Castroverde y soy…

La idea de escribir mis memorias no autorizadas, publicadas por Belén, con una portada mía rodeado de mis tres gatos en la sección de novedades de La Casa del Libro, me arranca otra sonrisa irónica.

—¿Escribir? Mmm… ¿Hay límite? —pregunto.

Madrid, 01-12-2023

El viaje en AVE ha sido intenso. No he parado ni siquiera en el tren, con varias reuniones y temas que cerrar de cara a la semana que viene. En dos días han sido muchas horas en el tren yendo y viniendo. Necesito descansar bien.

De camino a Moncloa en un Cabify, intercambio unos WhatsApps con Paula:

Víctor: «Ya estoy en Madrid, llegaré a casa sobre las 21h. Hoy tengo terapia.»

Paula: «Yo he salido con la gente del curro a tomar algo. Es posible que nos quedemos a cenar y después salgamos un poco.»

«Francis está ahí, pero no te lo va a decir», susurra el demonio, apretando mi mandíbula. Por un momento, pienso en preguntárselo. Las fotos vuelven a mi mente, podría verlas de nuevo… están aquí, en el teléfono. «Míralas, míralas todas de una vez», ruge el demonio desde el fondo de mi nuca. ¡Basta!

Víctor: «Yo me iré entonces a descansar en la cama del despacho. Necesito dormir bien. A ver si no os llueve mucho.»

Paula: «Te veo luego. Te quiero.»

Leer esas palabras me detiene el corazón por un instante. Me quedo petrificado, repasándolas una y otra vez. ¿Cómo puede hacer esto y decirme que me quiere? Mi mano derecha se tensa hasta convertirse en una garra, y el teléfono se me resbala, cayendo sobre la alfombrilla del coche. Un ruido de incredulidad escapa de mi garganta.

El conductor del Cabify me pregunta educadamente:

¿Se encuentra bien?

—Sí —respondo, aclarando la garganta—. ¿Tendría una de esas botellas de agua?

El conductor me ofrece una sin apartar la vista de la carretera. Paso el resto del trayecto en silencio, intentando que el agua pase por mi garganta cerrada.

No me gusta llegar tarde. Disculpa —digo mientras me dejo caer en una de las sillas frente al escritorio, soltando la bolsa de viaje en el suelo. Belén me sonríe con suavidad, sacando una carpeta que ya conozco de un archivo enorme.

No te preocupes, Víctor. Podríamos haber hecho la consulta online si te resultaba complicado llegar a tiempo —responde con su tono comprensivo, el mismo que ha usado desde el primer día.

Prefiero en persona, ya lo sabes —comento, notando cómo mi expresión se endurece.

Respiro profundamente mientras mis ojos recorren los pequeños detalles del escritorio: figuritas exóticas, a medio camino entre juguetes y pequeñas obras de arte. Mientras lo hago, mi mente salta al fin de semana que tengo por delante: mañana, sábado, veré a Diana por la tarde, y el domingo tengo una comida con los suegros y Paula. Además, en algún momento del finde, la conversación con Paula sobre el divorcio tendrá que llegar. Lo mejor será después de la comida con los suegros. Se avecina un fin de semana cargado de intensidad.

Como en cada sesión, aparece su pregunta ritual:

—Bueno… ¿Qué te cuentas de nuevo, Víctor?

—Ya no hay duda. Hay otro hombre, creo que es el chico de su trabajo, Francis —digo sin rodeos, como lo hice con Teresa hace dos días. No puedo evitar sorprenderme de que hayan pasado apenas 48 horas desde que Martina me envió las fotos. Siento como si hubieran pasado semanas, como si el tiempo se hubiera ralentizado entre todo el malestar.

Observo la expresión de Belén, buscando una reacción. He intentado leerla muchas veces antes, pero hoy es diferente. Normalmente lanza miradas analíticas fugaces al estirarse, manteniendo esa barrera profesional; pero ahora me mira directamente, sin apartar los ojos. Parece que está tratando de descifrar algo que ni yo mismo entiendo de esta situación.

Belén exhala lentamente, sacudiendo la cabeza con preocupación palpable. Inspira antes de hablar.

Has tomado unas medidas adaptativas a la situación, intentando actuar desde lo constructivo, desde el cariño, el amor y el matrimonio —dice Belén, su voz es suave pero firme—. Te has cuestionado a ti mismo, has pedido ayuda profesional, te has planteado la posibilidad de ir a terapia de pareja y ella no ha querido… Has intentado hablar con Paula en innumerables ocasiones para reconducir la situación. Y ella no responde, solo da largas —hace una pausa, observando mi reacción antes de continuar—. Mientras tanto, la figura de este hombre ha estado cada vez más presente. Y además, en esa casa que es un desorden constante, como vivir con una adolescente… ni siquiera tienes un espacio para ti.

Me quedo en silencio, asimilando sus palabras. Tiene razón. Todo lo que he hecho para que esto funcione, todos mis intentos, se han encontrado con puertas cerradas. Me tomo un momento antes de hablar, buscando las palabras entre las imágenes intrusivas de las fotos.

Víctor, llevas cerca de un año intentando salvar tu matrimonio. Y, aunque lo has intentado de todas las maneras, no ha habido avances y las cosas solo han ido a peor —me mira directamente, con un tono firme pero cálido—. Como profesional, puedo decirte que has trabajado en ello. Ahora debo hacerte una pregunta difícil, pero necesaria.

Ya sé lo que va a preguntar y me adelanto.

Antes de que lo hagas, tengo yo una pregunta —la interrumpo—. En tu experiencia, ¿las personas son capaces de cambiar cuando se pide el…?

La palabra no me sale de la garganta. Ella mantiene una expresión neutra mientras responde.

Sí, es bastante habitual. Luego queda por ver si es un cambio real o solo una huida hacia adelante.

Cada palabra me cuesta enormemente, tanto las que digo como las que recibo. Verbalizar todo esto me deja sin aire, como si me faltara la respiración, a pesar de estar sentado. Mi mente busca posibilidades y caminos para que esto pueda arreglarse.

Ya hablé con la abogada que me recomendaste, Teresa, para que empiece a mover las cosas y darme algo de guía para ver como… —El peso de esas palabras cae sobre la habitación como una losa—. Es increíble cómo todos evitamos esa palabra pese a que la vemos, el elefante rosa en la habitación.

Belén asiente lentamente.

Víctor, es normal. Cuando esa palabra se pone sobre la mesa, muchas veces no hay vuelta atrás. Es natural que tanto tú como quienes te rodean eviteis iniciar ese camino. Los tabúes nos protegen de abordar temas que generan incomodidad o vulnerabilidad emocional y que mantienen el confort social.

— Tiene sentido — intentando pensar sólo en su reflexión sobre los tabúes. Necesito una tregua en mi cabeza.

Mis ojos vagan por las figuritas del escritorio, hasta que mis dedos encuentran un gato hecho de figuras geométricas de resina. Lo giro entre mis manos, buscando una distracción. Veo cómo Belén sonríe levemente ante el gesto.

Ya estamos en este punto —susurro, sin fuerza.

El demonio en mi mente se revuelve, pero permanece en silencio. Tímido.

Ella ahora me observa de nuevo con atención, una mirada intensa y una sonrisa asomando por una comisura.

En realidad no te iba a preguntar eso, pero mi deber es dejarte hablar y que te expreses —comenta, casi divertida e intentando buscar complicidad.

Esbozo una sonrisa, cansado.

No termino de pillar nunca el punto, ¿eh? —digo, intentando seguir el humor de la situación.

Te has vuelto a anticipar y te has colado —dice con complicidad, su tono esta lleno de humor—. Eres muy perceptivo, pero yo me aprovecho de que bajas la guardia intentando responder mis preguntas. Así de avispados somos los psicólogos —sonríe mientras añade—. La pregunta es: ¿ Vas a hablar con ella ?

Asiento varias veces, rebobinando todas las versiones que he imaginado en mi cabeza durante el trayecto en tren desde Galicia.

¿Quieres que te cuente todas las versiones que he pensado?

Claro, tenemos tiempo —responde, cogiendo el bolígrafo, lista para escuchar.

Más tarde, pasadas las 21h llego a casa con una ensalada del Carrefour 24h. La llave esta echada, eso significa que no hay nadie. La casa me recibe con el hedor acre del amoniaco que proviene de los areneros. El desorden parece haber crecido en mi ausencia. Los platos siguen en el fregadero, la arena de los gatos necesita un cambio urgente.

Paso los primeros minutos ventilando la casa, renovando el agua y cambiando la arena de los gatos. Aprovecho para bajar la arena sucia y la basura, que también se está acumulando.

Ceno en silencio con los gatos; les abro una lata de comida húmeda. Después me voy al despacho y preparo el sofá cama para dormir. Los gatos, como siempre, deciden que debo tardar el triple en organizarlo todo. Pasamos un rato jugando; los he echado mucho de menos estos días.

Cuando necesito dormir profundamente, suelo ponerme unos auriculares cómodos con algún audiolibro o el programa “Un libro en una hora” de la cadena SER, con el volumen bajo. No sé cómo explicarlo, pero mi madre siempre dice que necesito ruido de fondo para funcionar. La verdad es que tampoco quiero oir la puerta cuando llegue.

Al principio, me cuesta concentrarme en la voz de Antonio Martínez Asensio, el director del programa, porque mi mente no deja de imaginar a Paula con ese chico. Quizás están en el hotel otra vez. Finalmente, me fuerzo a escuchar al locutor y a relajarme. El cansancio acumulado acaba venciendo.

Madrid, 02-12-2023

Me levanto temprano, como siempre. Al ir al baño, veo a Paula durmiendo en nuestra cama, envuelta en las sábanas y medio desnuda por la calefacción. Es la primera vez que la veo desde que recibí las fotos. Antes, verla así habría despertado otros sentimientos en mí, pero ahora solo me genera un profundo malestar.

Aparto la vista bruscamente. Después de alimentar a los gatos, me ducho y salgo de casa. Le dejo un mensaje en WhatsApp diciéndole que pasaré el día con Diana. No es cierto, pero necesito caminar y despejarme. No quiero quedarme a solas con Paula ahora.

Horas más tarde regreso a Chamberí; el Cabify me deja al lado de la Plaza de Olavide. No llego tarde, pero sí justo. Diana seguro que ya está esperándome. Me acerco al Bar Arco Iris. Nunca he entendido del todo el nombre; no sé si intenta hacer un juego de palabras con «irlandés» o qué, pero siempre se me olvida preguntar a los dueños por el significado. Sus camareros siempre van muy rápidos, y si pestañeas, pierdes la oportunidad de pedir otra ronda.

Encuentro a Diana sentada, leyendo un libro pequeño y viejo, seguramente algo interesante, concentrada.

Di —sé que no necesito decir más. Ella alza la vista y me mira con una sonrisa. Sabe que soy yo porque soy la única persona que la llama así. A veces, Antoun, su marido, me imita llamándola de esa manera para bromear un poco con ella.

¡Vik! —exclama, levantándose para darme un abrazo. Le saco aproximadamente tres cabezas y seguramente la doblo en peso. Aun así, ella me aprieta mucho más fuerte de lo que yo soy capaz. No me había dado cuenta de lo flojos que tengo los brazos, como si toda mi energía se hubiera desvanecido.

Al separarnos, sigue agarrándome de los brazos, como si temiera que fuera a derrumbarme. Me observa con preocupación y cariño.

Me alegra mucho verte.

Nos sentamos, y ella guarda el libro en su enorme bolso. Pide una cerveza, y yo un vino tinto con casera.ç

¿Cómo es que no ha venido Antoun? ¿Los niños están bien? —pregunto tras el primer trago de vino con burbujas.

Tenía que venir uno de estos días por unos papeles de España, un tostón burocrático de esos que tanto nos gustan últimamente. Antoun trabaja estos días, y así los niños ven a sus abuelos —dice Diana, saboreando la cerveza.

¿Ya tenéis fecha para veniros a vivir aquí? —le digo, recostándome en la silla, intentando parecer interesado, pero mi mente está en otro lado.

El año que viene, a mediados. Ya nos tendrás por aquí —dice Diana, ilusionada.

Me vais a venir muy bien, muy bien. De verdad —digo, con la voz apagada, como si cada palabra pesara una tonelada.

Vik, no me gusta verte así. Tienes que elegir la mierda que estás dispuesto a comerte. No puedes seguir dándole vueltas y esperando a que recapacite. —Su voz es directa, pero su tono está cargado de preocupación.

Respiro hondo, mirando el borde de mi vaso. No sé ni por dónde empezar.

No me hago a la idea de que mi matrimonio se esté desmoronando. No me casé para divorciarme.

¿Desmoronando? ¡Víctor, lleva mas de un año sin ocuparse de la casa! ¡Ni siquiera hace lo básico! Te has convertido en su cuidador, no en su pareja. —Su tono se eleva un poco, pero sé que es porque le duele verme así.

Levanto la vista y la miro fijamente. Tiene razón. Hace mucho que la casa se siente como una carga solo mía.

Cuando estaba con las oposiciones, entendía que necesitaba enfocarse en eso… Yo acepté llevar todo el peso. Pensé que después las cosas mejorarían. —Mis palabras caen pesadamente sobre la mesa, como una verdad que me duele admitir.

Diana suelta un suspiro pesado, como si compartiera el peso de mi carga por un segundo, y se inclina hacia mí.

¿Y mejoraron? Porque, sinceramente, me parece que solo han empeorado. Sigue gastando dinero como si no hubiera mañana. Vosotros no tenéis la economía de su padre, y es algo que ya no puedes asumir. Es algo que ella no ha querido entender. —Diana me lanza una mirada que no deja espacio para excusas.

Asiento, y siento mi mandíbula tensarse. La cuenta bancaria no ha dejado de bajar desde que nos casamos y accedió a todos los recursos.

Es como si tirara billetes por la ventana sin ni siquiera mirar atrás —mi mandíbula se tensa—. Yo recorto en todo, incluso en ropa, y ella sigue como si no hubiera límite.

Diana me observa en silencio durante un momento que se siente interminable. Luego, su voz baja un poco, volviéndose más suave, casi tierna.

Vik, tú has hecho todo lo que has podido. Llevas demasiado tiempo sacrificándote, pero esto ya no es algo temporal. Esto es lo que vuestra relación ha llegado a ser. Y lo del chico… No sé si yo podría estar en la misma habitación que ella, en tu lugar. —Diana expresa un deje de rabia contenida en sus últimas palabras.

El comentario sobre el chico me golpea como una bofetada que había estado evitando. Continuamente mi mente intenta aislar ese hecho, esas fotos.

Es que… no sé cómo llegamos a esto —murmuro. Mi garganta se cierra, y las palabras que salen no parecen ser mías.

Esto te está destrozando… Me duele verte así, Vik. —Su voz es apenas un susurro ahora, cargada de dolor al verme atrapado. Me toma una mano y me mira con preocupación. —Te conozco, sé quién eres, y sé que has hecho todo lo posible por salvar esto. Pero ella… ella solo ha pensado en sí misma. Lo siento el decirte todo esto, pero se ha comportado como una niña malcriada. No te ha tratado bien, Vik. Ni siquiera te ha respetado como marido.— Las ultimas palabras entremezclan dolor y rabia. Ha intentado ser conciliadora con todo esto, pero esta dolida.

Sus palabras me atraviesan, dejándome sin aire por un instante. Sé que tiene razón. Pero admitirlo, se siente como saltar al vacío sin agua al fondo. La idea de un matrimonio fracasado y un proyecto de familia fallido me hacen sentir una mezcla de vergüenza, rabia e impotencia. Es como si todo lo que he construido durante años se desmoronara en mis manos, y no puedo hacer nada para detenerlo.

Miro a Diana, que aguarda en silencio.

Tienes razón, Di… —mi voz se apaga, rota, pero antes de que pueda seguir, me doy cuenta de que lo sé desde hace tiempo. He hablado con mi madre, con Belén, y ahora con Diana. Han sido mis confidentes. Pero sus palabras no pueden salvarme. Solo pueden ofrecerme su apoyo incondicional mientras todo se derrumba a mi alrededor.

Ya no se trata de ganar, porque en este matrimonio ya no es posible ganar. Solo puedo intentar salvar algo de mí y perder lo menos posible. Mañana es el día.

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