Capítulo 2: Sirenas y acantilados que no quieres ver
Madrid, 17-03-2023
El olor a amoniaco sigue pegado en mis fosas nasales mientras me inclino sobre el fregadero. He decidido limpiar y desinfectar las cosas que Paula ha dejado acumuladas durante días. Es un maldito desastre. Acordamos que ella se encargaría de esta parte de la casa, pero si no hago algo, Sanidad nos va a precintar la cocina un día de estos.
Menos mal que desayuno y como en la oficina. Tampoco suelo cenar algo elaborado, así que no me veo forzado a hacer su parte… pero esperaba que reaccionara al ver el estado de la cocina cuando no hace su parte. Sin embargo, nada cambia. Tal vez cuando hable con Belén, mi terapeuta, se le ocurra una estrategia mejor para que se arregle la convivencia. Me desespera, yo también trabajo y hago mi parte de la casa, me ocupo de la intendencia, los papeles… Qué poca colaboración. Se supone que somos un equipo.
Los gatos van hacia la puerta, señal de que Paula ya está aquí. Los saluda y se entretiene con ellos antes de siquiera mirarme. Sé que ella nota mi malestar por las tareas pendientes y el desastre que hay en la casa. La rutina se repite: unas preguntas vacías sobre cómo ha ido el día.
—He estado tomando un café con Francis, y se nos ha pasado la tarde charlando —dice casual, como si nada.
—¿Francis? ¿El chico gay al que Alfonso le tiraba los tejos? —pregunto, arqueando una ceja. Se perfectamente quien es.
—Bueno, no es gay… es bisexual —responde Paula con un tono menos seguro.
—Cada vez que hablamos de él, su orientación cambia… Me dijiste que era asexual, luego gay, ahora bi… cada vez se acerca más hacia ser hetero —comento, sin bajar la ceja—. Así ligaba un patán ,ex-compañero mío, en las discotecas, decía que era gay y, cuando se descuidaba una, ya estaba en la cama con ella.
—Francis no es así, lo sabría —dice Paula, restándole importancia.
—Lo único que tengo claro es que sé perfectamente cómo somos los tíos y este huele de lejos a lo que va —digo mientras me seco las manos—. ¿Puedes acabar tu parte de las tareas? Yo aún tengo que hacer mi parte: limpiar el baño y demás.
—Sí, sin falta lo hago hoy —responde. No me lo creo, demasiadas veces he escuchado esa frase—. ¿Puedes dejar el baño para después de que me duche? No quiero acostarme con el pelo mojado, hace frío.
—OK, voy a preparar unas tostadas con queso y salmón, unas palomitas, y ponemos un capítulo de The Good Wife —respondo.
Después de cenar, recojo los platos y nos sentamos a ver la serie. Las palomitas se han quedado frías. Mal cálculo. A mí no me importa comerlas así, pero sé que a Paula no le gustan. Me disculpo.
—No pasa nada. ¿Lo pausas? Me voy a poner algo de ropa —dice, aún con el albornoz.
Vuelve al sofá con ropa cómoda en vez del pijama. La verdad que hoy hace frio. Seguimos viendo el episodio en el que Alicia descubre que Peter, su marido, no solo le fue infiel, sino que sus mentiras también involucran temas financieros. La escena en la que Peter admite parte de sus engaños mientras Alicia mantiene la compostura me provoca una punzada en el estómago. Es difícil no verse reflejado. Paula sigue absorta en la pantalla, mientras yo me hundo en mis pensamientos.
Las voces internas empiezan a susurrar, el demonio agitando sus cadenas: «¿Por qué Francis? ¿Por qué tanto con él?»
Las señales son cada vez más claras, pero trato de ignorarlas. «Te habla de él todo el tiempo. ¿Cuánto se ven?»
Intento concentrarme en la serie, pero las palabras no dejan de martillar en mi cabeza: «¿Francis otra vez? Demasiadas coincidencias. Demasiado tiempo juntos.» Las dudas me devoran. Me resisto a preguntar directamente, aunque las sirenas están más cerca de lo que quiero admitir. ¡¡Cállate!! y deja que vea la serie.
De repente, suena el telefonillo. Son las 22:57. No puede ser Santi, el conserje, ni nadie de la comunidad a no ser que haya vuelto a fallar algo de la caldera. No, por favor… que no sea la caldera.
Paula salta del sofá como si lo hubiera estado esperando.
—Ahora vengo —dice rápidamente, mientras se dirige hacia la puerta y se pone el abrigo.
Extrañado, pregunto qué ocurre. Ella esquiva mis preguntas y evita el contacto visual, mostrando una urgencia fuera de lo común. Tras insistir varias veces, finalmente responde:
—Es Francis. Me ha traído una cosa. Ahora subo.
El demonio, más fuerte, susurra: «¿Francis? ¿A estas horas? ¿No fue suficiente esta tarde? ¿Quién llama a estas horas? ¿O es que…?» ¡¡PARA!!
—¿A estas horas? Pero si habéis estado toda la tarde juntos —digo, desconcertado.
Paula no responde y sale rápidamente por la puerta.
Tras un lapso de tiempo, la inseguridad se apodera de mí y me siento deshonesto mientras miro la cámara del portero automático… La cámara de baja resolución solo refleja la noche y una parte de uno de los cubos de basura. Nada más.
Siento la pulsión de bajar para ver qué está pasando, pero freno los caballos y los acaricio para calmarlos.
Agarro el móvil y escribo a Paolo. Mi amigo de toda la vida, él es el fundador del grupo de WhatsApp “Nadie dice nada”, y tiene una relación que siempre me hace creer en el amor. Se enamoró de su chica a los 16, en nuestra clase de colegio, y hoy está casado con ella, con una casa y dos hijos. Siempre ha sido mi ejemplo a seguir en ese aspecto. En su boda di un discurso al respecto, y hoy día se lo repito cuando puedo.
Víctor: “Si no lo suelto, reviento. Se ha pasado toda la tarde con el tipo de su curro y ahora acaba de llamar al timbre, y se ha bajado corriendo a verle.”
Paolo: “A estas horas? Será algo de las oposiciones, a lo mejor no?”
Víctor: “Sí, puede ser. Pero su manera de actuar tan esquiva… ha puesto todas mis alarmas a tope.”
Paolo: “La verdad que es raro, pregúntale y ya está. Seguro que tiene una explicación. Eres un paranoico que flipas.”
Víctor: “Y tú un hipocondríaco de cojones, y aquí estamos no? Ojalá tengas razón.”
Paolo: “Ey, si te rayas llámame. vale?”
Víctor: “OK, gracias”
El demonio dentro de mí se pasea por mi mente como un tigre enjaulado. Ahora mismo hace más paseando de un lado a otro, mirándome expectante, que presionando con sus palabras. Los minutos se hacen eternos. Decido limpiar el baño y poner algo de música en los auriculares.
La puerta se abre a las 23:49. Aparece Paula con una pequeña bolsita y atraviesa la casa con un saludo de pasada. Salgo del baño, secándome las manos tras tirar el estropajo al cubo con agua.
—Paula, necesito que vengas un momento —digo.
Acude despreocupada y me encuentra sentado en el sofá del salón, con los gatos arremolinándose a mi alrededor, buscando atención.
—Necesito hablar contigo.
Su expresión cambia. Exclama: —Oye, amor, no me asustes… —dice mientras se sienta con los ojos bien abiertos.
—No veo normal lo que ha pasado esta noche con esta salida nocturna. —Paula hace ademán de hablar, pero la corto—. No me interrumpas, déjame hablar y decirte lo que pienso. No veo normal que alguien venga a estas horas a casa. Jamás se me ocurriría ir a estas horas a casa de Diana, si viviera en España, porque “tengo que darle una cosa”. Llámame clásico o lo que quieras, pero lo último que haría es causar malestar a su marido o despertar a alguien. ¿Qué era que no podía esperar?
—Era… un trozo de tarta —dice Paula insegura—. Oye, estoy cansada, no es el momento de tener una conversación así, ¿no te parece?
“Nunca es el momento para hablar de cosas importantes”, susurra despreocupadamente el demonio en mi pecho. Me tenso y digo: —Para mí es importante hablar ahora. ¿Se ha mudado a cuatro manzanas de aquí y no puede dártelo mañana? Paula, no lo veo. Además, en lugar de estar natural, esquivaste mis preguntas y saliste como una flecha. Has tardado… ¿Qué se supone que debo pensar? ¿Cómo te sentirías tú en mi lugar?
Paula se queda callada. Abre la boca para contestar y el demonio se enrosca en mi estómago: “Ahí viene la mentira… fíjate en sus microgestos. Lo sabes.”
—No ha sido nada. Ya que había venido hasta aquí…pues he bajado. ¿Qué iba a hacer? ¿Ya estaba aquí? — Dice a la defensiva. El demonio aúlla desde lo las hondo de mi mente de placer: «¡La cogiste!»
—Perdona, Paula, pero eso no me cuadra porque tú nunca te vistes por la noche. No bajas la basura bajo ningún concepto, y menos sales a comprar algo… urgente al Carrefour 24 horas. Siempre lo hago yo… Y hoy, casualmente, estabas vestida y no en pijama cuando sonó el timbre. Está claro que te avisó, y tú aceptaste. ¿Por qué esto está siendo tan complicado y sospechoso? —Noto su expresión cambiar, percibo los pestañeos rápidos. Mi corazón sube a la garganta y temo su respuesta.
—Tienes razón, ha quedado raro todo. Es que no quería que hiciera el viaje para nada y me vestí por si al final venía —dice, pero el demonio en mi interior observa en silencio, expectante.
—Mira, Paula, creo que me merezco tranquilidad. Cuando empecé contigo y aún era pareja de hecho de Amira, esa situación te incomodó, lo recuerdo perfectamente. Te senté en la cama y te expliqué que para mí valía más tu tranquilidad que cualquier otra cosa. Y así lo hice. Te expliqué como iba a anularlo y lo hice ¿No fue así? —Paula asiente y continúo—. Pues te pido lo mismo. Que cuides de mi tranquilidad con la misma responsabilidad afectiva que yo tuve contigo. Somos un matrimonio.
—Ahora me siento mal… porque quieres que deje de hablar con Francis —responde con una expresión afligida que me encaja como un golpe bajo. Me quedo sin palabras ante semejante interpretación.
—Yo no tengo que decirte con quién puedes o no puedes hablar y tampoco te estoy diciendo que dejes de verle. No es eso de lo que estoy hablando. Si tengo que pensar en eso… entonces —mi garganta se estrecha y se seca mientras intento continuar—, entonces tenemos que hablar de algo mucho más serio.
Me conozco, sé que estoy dando la impresión de ser calmado y racional, pero por dentro estoy temblando. El miedo a romper algo es real.
Paula comienza a hablar, pero se detiene. Las lágrimas empiezan a brotar de sus ojos, desbordándola.
—Víctor, ¿de qué estás hablando? Por favor, no digas eso —dice mientras se agarra a mi brazo. La abrazo para consolarla, aunque por dentro me siento como si me estuviera desmoronando. Una vez más, pido consuelo, pero soy yo quien acaba brindándolo.
El demonio se enrosca cómodamente sobre mis hombros, relajándolos mientras mi corazón late desbocado, con cada golpe retumbando en mi sien. Me cuenta una historia:
“Un hombre va al médico. Le dice que está deprimido, que la vida le parece dura y cruel. El doctor le recomienda ir a ver al gran payaso Pagliacci, que actúa en la ciudad y lo hará sentir mejor. El hombre, llorando, responde: ‘Pero doctor, yo soy Pagliacci.’ Te suena, ¿verdad? Es de una de tus películas favoritas.”
Antes de que el demonio termine su fábula, Paula se ha secado las lágrimas. Se levanta y me da un beso en la mejilla.
—Mañana continuamos, ¿vale? Estoy muy cansada —dice, antes de desaparecer hacia el baño.
Ambos sabemos que no será así. Otra excusa vendrá para evitar la conversación. Hoy me espera una noche larga, atado al mástil, escuchando el canto de las sirenas que me llevan directo a las rocas.
.
Miro el movil. Ya son las 5 de la mañana y no soy capaz de dormir. Tengo la sensación de que tuviera un yunque sobre el pecho y mi cabeza no para de rebobinar una y otra vez la conversación y los sucesos de esa noche. Buscando matices, información, nuevas interpretaciones. Estoy exhausto.
Abro el WhatsApp y escribo a Belén:
Víctor: «Hola Belén, disculpa las horas. Podrías enviarme mañana el contacto de la abogada que me recomendaste para divorcios? Me gustaría consultarle algunas cosas. Gracias y que descanses. Nos vemos el viernes en la consulta.»
Después, me voy al chat de Carlos, el cryptobro:
Víctor: «Qué pasa, cryptobro? Quiero hablar contigo en privado para encargarle una investigación a tu hermana. Es algo sensible y confidencial. Cuándo te viene bien? Fuera de la oficina, donde quieras. Yo invito.»
Madrid, 29-11-2023
La fotografía ocupa una parte importante de la pared más grande del salón. No sé cuánto tiempo llevo mirándola, empapado.
En la imagen, Paula está saliendo del taxi del padre de la dama de honor, con su vestido de novia y la mascarilla puesta, recordatorio inequívoco de que nuestra boda tuvo lugar en plena pandemia. Su padre le ofrece la mano para ayudarla a bajar, mientras su mejor amigo Paco sostiene un paraguas en una pose casi teatral, como si estuviera a punto de empezar a bailar claqué. De fondo, la dama de honor sostiene parte de la cola del vestido. Cuando vi esa foto por primera vez, supe que sería la foto de la boda: natural, orgánica, costumbrista, humilde, llena de intención. Durante mucho tiempo soñé con que sería la portada de un libro que escribiría en el futuro. No encuentro otra palabra mejor para describirla: es perfecta. Me quedo obnubilado cada vez que la observo.
Uno de los gatos se sube a mi hombro y me saca del trance. Lo acaricio mientras se restriega contra mi mejilla, y los otros dos maúllan a mis pies. No sé cuánto tiempo he estado así, pero sé que debo cambiarme porque estoy empapado por la lluvia y estoy mojando el suelo. Voy a acabar resfriado.
Al ir al baño y mirarme en el espejo, siento un leve temblor en el párpado, pero no soy capaz de verlo reflejado. Me lavo la cara abundantemente. El frío y el agua me ayudan a atravesar todo este embotamiento… Reflexiono un momento: es allí, traspasando ese frío, donde debo estar.
Hago un par de comprobaciones en el teléfono después de secarme las manos y llamo a Gustavo, mi conductor de Cabify de confianza.
—Hola, Víctor, ¿cómo está? —me responde enseguida.
—¿Estás trabajando, Gustavo? —pregunto, apretando los labios mientras espero su respuesta.
—Claro que sí, Víctor, no queda otra, ¿verdad? —se ríe—. Estoy yendo a un servicio ahora, pero puedo recogerle donde me diga. —Escucho un claxon intenso—. Si estos autobuses enormes me dejan llegar, claro está —dice con una mezcla de resignación y molestia.
—Estupendo, Gustavo, estoy en casa. ¿Cree que llegaremos a tiempo para que coja un AVE a Chamartín dentro de una hora?
—De sobra, Víctor, cuente con ello —responde, transmitiendo la tranquilidad de quien rueda por la ciudad 24/7.
—Perfecto. Nos vemos ahora, Gustavo —digo mientras empiezo a dar zancadas, buscando qué ropa meter en la bolsa de viaje.
La lluvia que está cayendo hoy en Madrid parece una broma comparada con lo que me espera allí.
Los gatos observan subidos a la mesa, siguiéndome con la mirada mientras danzo por la casa, añadiendo ropa y enseres a la bolsa de viaje de manera apresurada. No dejan, a su vez, de prestar atención a la lluvia que golpea el cristal
