Washington D. C., 24-12-2022
Las seis copas de champán chocan suavemente, emitiendo un tintineo sutil. Incluso Baltasar se permite una leve sonrisa. Todos están efusivos con la celebración. La cena ha sido excelente y el lugar es realmente especial. Me encuentro junto a uno de los amplios ventanales, observando cómo la noche de la ciudad cobra vida, con taxis amarillos pasando y transeúntes abrigados caminando por las calles.
El Lafayette está a solo unos pasos de la Casa Blanca, con su estética clásica y atemporal, un poco colonial y solemne… muy estadounidense. Me imagino a Frank Underwood de House of Cards sentado en la mesa de enfrente, preparando su próximo movimiento.
Uno de los maîtres me saca de esos pensamientos fantasiosos al ofrecerme rellenar la copa, y vuelvo a prestar atención a la conversación en la mesa.
—Bueno… Espero que estéis disfrutando de la estancia en la ciudad. Gracias por hacer el esfuerzo de venir de manera tan precipitada. Quizá podamos organizar algo parecido para el próximo año —dice Baltasar, observándonos a todos detenidamente.
Cuando posa sus ojos en mí, aprovecho para decir:
—Podemos empezar a planearlo ya, así podemos reservar los billetes con antelación e ir organizando todo.
Pero nadie responde. Observo a Baltasar de nuevo, pero ya está mirando en otra dirección. Miro a Paula, y ella está absorta, contemplando su copa.
—Creo que podría comer otro pastel de cangrejo —interviene Santiago, su hermano, rompiendo el silencio. Su madre y hermanos siguen la broma.
Una vez más, me siento completamente fuera de lugar. Este sitio, por elegante y refinado que sea, no es para mí. Estoy sentado en una mesa con personas que apenas muestran interés en lo que digo o en lo que realmente me preocupa. Hemos comprado los billetes con menos de un mes de antelación, y el costo ha sido desorbitado, más de lo que jamás me habría permitido gastar en unas vacaciones. Antes de casarme, nunca habría hecho algo así.
El tintineo de las copas me trae recuerdos de otra Navidad, mucho más modesta. La voz de mi tía Ana aún resuena en mi mente, recordándome que siempre estaría con ella ese día. Prometí que no los dejaría solos en esas fechas, pero aquí estoy, a miles de kilómetros. La nostalgia me golpea fuerte, y el lujoso ambiente del Lafayette parece más ajeno que nunca. Siempre he pasado las navidades con ellos. Y aquí estoy. Al menos pasaré Nochevieja en Rianxo. Eso me consuela un poco. No he faltado del todo a mi promesa quiero pensar.
Tengo grabada en mi mente su frase: «Ve con tus suegros, conmigo ya has cumplido.» Aun así, no puedo evitar sentir que les estoy fallando. Me he dejado llevar por lo ostentoso, lo novedoso, y por quedar bien con mi familia política.
Miro el teléfono y abro WhatsApp. Ahí está su mensaje:
Tía Ana: “Feliz Navidad cariño”
Madrid, 02-12-2023
El resto de la tarde con Diana transcurre tranquilamente. Paseamos por las calles de Alonso Martínez y nos metemos en algunos bares para tomar algo. Pero no tardamos mucho en despedirnos, ya que ella tiene que volver a casa para acostar a los niños. Además, el frío está viniendo y ha comenzado a llover, así que es mejor recogerse pronto.
—Vik, intenta descansar un poco, ¿vale? Llámame si necesitas cualquier cosa —me dice Diana al despedirnos, mientras nos abrazamos.
Llego a casa y son casi las 20h. Me dejo caer en la silla de la mesa del salón, abro el portátil y me pongo a navegar por internet. No quiero pensar en nada más ahora. El silencio en la casa es casi reconfortante. Los gatos, como siempre, me rodean, buscando atención.
Media hora después escucho la puerta abrirse. Paula ha llegado. Es la primera vez que la veo despierta desde que vi las fotos. Está maquillada y mucho más arreglada de lo que suele estar. Siempre supe que algo había cambiado cuando empezó a maquillarse más seguido. Cuando empezamos a salir, y lo hacía, me halagaba, pero ahora la escena me incomoda. Es como si estuviera viendo a una extraña entrar en mi casa. Ella siempre ha mirado por sí misma. El trabajo, sus metas, todo lo demás venía después. ¿Dónde estaba el «nosotros»?
Quiero preguntarle por qué ha hecho todo esto, quiero saber en qué momento tomó la decisión de joderlo todo. Pero no es el momento. Ahora no.
El demonio se enrosca en mis hombros, susurrando al oído: «Mírala, ya sabes de dónde viene». Mi mano derecha se convierte en una garra de nuevo. Me tenso, pero lo intento controlar. ¡No, joder!
—Hola, ¿llevas mucho en casa? —pregunta mientras se dirige a la habitación.
—No, acabo de llegar de estar con Diana. Hacía frío y ella tenía que irse para acostar a sus hijos. ¿Y tú? —Le devuelvo la pregunta con una punzada en el estómago, aunque una parte de mí no quiere escuchar la respuesta. “Lo sabes…” vuelve a susurrar el demonio.
—Nada, solo tomé algo con la gente del trabajo, y se me hizo tarde. Pero ya estoy cansada y quería volver pronto —responde desde la habitación, su tono casual, casi indiferente.
Me quedo en silencio un segundo más de lo habitual, sintiendo cómo el demonio sigue presionando. «Hazlo, díselo, termina con esta farsa…» susurra. Mi estómago se revuelve, una mezcla de resentimiento y resignación que me invade cada vez que cierro los ojos y las imágenes de las fotos vuelven a mi mente. Respiro hondo, tratando de calmar el nudo en mi garganta.
—Vale. Voy a estar en el despacho, quiero escribir un poco —digo mientras cierro el portátil y me lo llevo.
—Está bien, yo voy a ver una serie antes de dormir. No tengo hambre.—responde, sin inmutarse, mientras escucho cómo se cambia. No tengo la templanza ahora mismo para sentarme a su lado en el sofá y fingir que todo está bien.
Cuando me siento en el escritorio del despacho, intranquilo. Me quedo mirando la puerta cerrada fijamente, una parte de mi quiere salir y confrontar ya. Agarro el teléfono y me escribo con Paolo:
Víctor: «Estoy ahora con ella, ha llegado a casa.»
Paolo: «Habéis hablado ya?!?!»
Víctor: «No. Solo tonterías, como si nada. Venía maquillada, como cuando teníamos las primeras citas…»
Paolo: «joder, qué mal. No se corta…»
Víctor: «No me quito las fotos de la cabeza»
Paolo: «Quieres que nos tomemos algo? Yo creo que te viene bien no estar ahí»
Víctor: «No tio, gracias”
Víctor: “Creo que voy a distraerme un poco y me voy a dormir»
Paolo: «Venga, animo tu!»
Victor: “Gracias, mañana te cuento”
Me quedo un rato intentando escribir un poco, no llego muy lejos. Recojo y me voy a la cama con los auriculares puestos para escuchar algo hasta que me duerma, mientras Paula se queda viendo una serie que no reconozco en Netflix.
Madrid, 03-12-2023
La noche ha sido difícil, pero mi cerebro se despierta como siempre, un poco antes de las siete. Paula aún está dormida, la observo durante unos instantes. Un sabor amargo sube por mi garganta al pensar que Francis podría haberse acostado aquí durante mis viajes de trabajo. Vuelvo a sentir el tic en el ojo y cómo mi mandíbula se tensa. Me levanto enérgicamente, evitando hacer ruido, para intentar dejar de pensar.
Después de ducharme y hacer algunas tareas, me siento en la cocina con el teléfono en la mano. Necesito un respiro. Paula sigue durmiendo, así que decido salir a caminar. Le dejo un mensaje por WhatsApp antes de irme:
Víctor: «Voy a dar una vuelta por la zona. Escríbeme si quieres desayunar juntos.»
Me llevo el portátil para aprovechar el tiempo y me dirijo a Yasemin & Tuncel, mi café favorito en Chamberí. El lugar tiene un ambiente acogedor: tranquilidad, el esmero con el que preparan cada taza de café, la suave música de fondo y la decoración de estilo nórdico. Me acomodo en una de las mesas más pequeñas y pido mi café, bien cargado y con leche fría entera, como siempre me gusta. Ya me conocen, así que no necesito explicarlo.
Mientras estoy con el ordenador, trato de concentrarme, pero mi mente sigue atrapada en la idea de tener la conversación de una vez. ¿Por qué no lo hago? ¿Es el miedo a lo que sigue después? ¿Es el miedo a que no haya marcha atrás? De alguna manera, estoy esperando un milagro, una señal de que todo esto aún se puede salvar. “Sabes perfectamente cómo acaba esto”, murmura el demonio, aferrándose a mi pecho.
Recibo unos mensajes de WhatsApp:
Paula: «Hola, ya estoy despierta.»
Paula: «Me han escrito mis hermanos para desayunar con ellos, y luego vamos directamente a casa de mis padres. ¿Te parece? He quedado con ellos en Levadura Madre en 20 minutos.»
Ya les ha dicho que sí, como de costumbre. Por un momento, pienso en sacarlo a relucir delante de ellos. ¿Y si les enseño las fotos? La idea cruza mi mente, pero sé que no lo haré. No, lo último que quiero es que esto se descontrole. Su familia ya se ha entrometido demasiado en nuestra relación, y esto es algo que debo resolver solo con ella. Solo entre nosotros. Si lo hablamos antes de la comida, se nos notará, y puede que terminemos repitiendo la conversación frente a todos. Solo sería empeorarlo aún más.
Víctor: «Empezad vosotros, yo llegaré un poco más tarde y nos vamos directamente.»
Voy a Levadura Madre cuando calculo que ya deberían haber terminado de desayunar. Desde allí, caminamos hasta la casa de sus padres, a unos quince minutos andando.
Siempre que veo el recibidor, me parece del tamaño de todo nuestro piso. El gran jarrón de su mesa central tiene unas flores frescas que no reconozco, su aroma inunda el aire. Carmen, vestida con su habitual elegancia, nos saluda efusivamente.
Baltasar ya está en el comedor principal, junto a la enorme mesa con capacidad para muchos más comensales. Sostiene un whisky sin hielo en la mano. Su presencia siempre proyecta una imagen de poder y calma, y me inspira una mezcla de admiración y respeto. Pero hoy, una idea me atormenta: «Enséñale las fotos a su padre. ¡Vamos!», grita el demonio en mi mente, mientras siento cómo mis manos se tensan.
—Baltasar, me alegro de verte. ¿Cómo fue el viaje? —le digo mientras le estrecho la mano. Como siempre, su apretón y su respuesta me resultan desganados, dejándome con la incómoda duda de si hay ironía o desdén en su gesto.
—Bueno, cansado… ya sabes. ¿Qué tal va el trabajo, Víctor? —responde con tono neutro.
Intercambiamos un par de frases más y nos sentamos a comer. La comida transcurre lentamente, y yo me concentro en mi plato, observando a cada persona que toma la palabra y fingiendo prestar atención, mientras mi mente no deja de divagar e intento evitar el contacto visual con Paula.
Las conversaciones son tranquilas, superficiales. A la familia de Paula siempre le encanta recordar anécdotas de sus viajes, especialmente sobre la infancia de Santiago, su hermano pequeño, y sus travesuras. Debía de ser un niño insoportable, casi tanto como lo es ahora. Siempre le he dicho a Paula que parecen tres hijos únicos, mimados.
Nunca me incluyen al contar las anécdotas, como haría mi familia o mis amigos cuando alguien ajeno al suceso está presente. Ellos las comentan entre sí, rememorando con regocijo. Eso siempre me ha hecho sentir un poco fuera de su círculo familiar.
Llegan los postres, y en ese momento, Baltasar pide la atención de todos. Después de una breve pausa, en la que el silencio domina la mesa, comienza a hablar:
—El año pasado lo pasamos muy bien en Navidad —dice, lanzando una mirada cómplice a Carmen—. Por eso queremos que este año volváis a pasar la Navidad con nosotros en Nueva York. Sé que los billetes pueden salir un poco caros, pero nos encargaremos de compensarlo haciéndonos cargo de lo demás.
No puede ser. El año pasado hicieron lo mismo, y sólo los billetes nos costaron unos cuantos miles de euros.
Baltasar continúa:
—Además, he reservado unas suites en el Four Seasons de Madison Avenue para que celebremos una Navidad al más puro estilo neoyorquino.
Los tres hijos reaccionan con entusiasmo ante la noticia, expresando su emoción. Yo tengo que hacer un esfuerzo para no sacar el teléfono y buscar el precio de los vuelos con menos de un mes de antelación, en plena temporada alta. Este año los billetes para el 20 de diciembre, volviendo antes de Nochevieja, costarán incluso más que el año pasado.
Miro de reojo a Paula, que está absorta en la conversación con sus hermanos, sin darse cuenta de mi malestar. ¿Cómo piensa pagar el vuelo? En nuestra cuenta común apenas tenemos lo suficiente para la mitad de un billete. Bajo la mirada y aprieto la mandíbula, y el demonio no pierde la oportunidad de susurrar: «Te vas a quedar en Madrid otra vez mientras ella se va de vacaciones con su familia. ¿Crees que esta vez le preguntará a Francis si va?». ¡Cállate!
—Víctor, ¿vas a poder venir? —dice Baltasar, mientras se dirige al mueble de las bebidas, invitándome con un gesto a acompañarlo. Siempre ha sido muy observador, y seguramente se ha dado cuenta de que algo me pasa.
—Déjame a mí, Baltasar. Nos preparo unos gin tonics —digo, acercándome rápidamente y evitando el contacto visual. Me concentro en preparar las bebidas, mientras noto cómo mi espalda se tensa y el demonio se agarra con fuerza.
—¿Y bien? —pregunta Baltasar cuando le entrego su vaso.
—Dudo mucho que pueda gestionar unas vacaciones con tan poca antelación, tenemos unos proyectos muy exigentes ahora —respondo, mientras mi mano juguetea con el vaso. Baltasar me mira fijamente, pero siento que sus ojos ya están en otro lugar, buscando algo más interesante en la habitación.
—Si el dinero es un problema, puedo ayudarte con un préstamo —responde Baltasar, mientras toma un sorbo de su bebida. Sus palabras suenan casi condescendientes, como si esta conversación fuera rutinaria para él.
No, otro préstamo no. No es forma de vivir. Nunca me he endeudado por unas vacaciones, y no voy a empezar ahora.
—Ya te debo suficiente por la entrada de la casa, Baltasar. Te lo agradezco y me encantaría ir, pero no podemos permitírnoslo. Por eso el año pasado sugerí que lo planificáramos con antelación.
Baltasar me observa, y su expresión cambia ligeramente. Nunca sé bien cómo interpretar sus reacciones. Mira su vaso, da un trago y dice:
—Bueno, piénsalo, ¿vale? —y regresa a la mesa a por más postre.
Cuando se va y me quedo solo terminando mi gin tonic, Paula se acerca, radiante de emoción.
—¿Qué habéis hablado? —pregunta sonriente.
—Que no podemos permitirnoslo, Paula. No hay dinero —digo, notando cómo mi expresión se endurece.
—Mi madre dice que nos prestarán el dinero, no hay problema. —Paula sonríe, pero sus dedos tamborilean nerviosos en el borde de la copa. Por un segundo, su mirada cruza la mía, pero inmediatamente la desvía hacia el plato. El entusiasmo vuelve a sus labios, como si ese segundo no hubiera pasado.
—Yo no voy a endeudarme más. Ya estamos mal con el dinero —le digo, mirándola fijamente a los ojos con un tono firme.
Paula me sostiene la mirada por un momento, luego la baja, suspira y vuelve a la mesa para seguir conversando con sus hermanos. Me sirvo otro gin tonic, esta vez más suave, y los dejo hablar de los planes para Nochebuena mientras consulto ell teléfono para responder unos whatsapps:
Mama: “Ha estado bien tenerte aquí. La próxima vez tienes que pasar a ver a los demás. Te echan de menos”
Victor: “Estaré pronto allí, dime si quieréis algo de Madrid y lo subo. Pregunta a todos”
Tiene razón, paso como un fantasma por Rianxo a veces. Tengo que cambiar eso, al final veo mas a mi familia politica que a mi propia sangre.
Diana: “Al final me quedo aquí hasta el Miercoles, si vas a estar por aquí y tienes tiempo nos vemos”
Victor: “Vale, me organizo y te digo mas tarde o mañana”
Veremos si no termino pidiendo dormir en el sofá de ella o de Paolo. La idea me arranca una sonrisa; vería a los niños, a los de uno o a los de otro. Siempre que estoy con ellos, algo dentro de mí se remueve, una ternura oculta que solo aflora en esos momentos. Es como si una parte muy profunda de mí, emergiera al pensar en lo que sería tener hijos. Me pregunto cómo sería ser padre, pero suspiro en silencio, consciente de lo lejos que estoy de eso ahora. A punto de cumplir cuarenta años y a las puertas de un divorcio.
En ese instante, el sonido seco de una botella de champán al descorcharse me devuelve a la realidad, recordándome dónde estoy y lo ajeno me siento a todo lo que esta ocurriendo a mi alrededor. Carmen reparte las copas y alza la suya con una sonrisa.
— Por la Navidad de 2023 —dice, mientras todos la siguen, llenando el ambiente con el eco de las copas que se alzan en un brindis.
