Se está muy solo en el Barco de Teseo: Capítulo 3

Capítulo 3: Allí donde el agua es densa, turbulenta y fría

Galicia, 24-08-1988

Cuento hasta diez desde que el hombre se lanza. Camino con paso firme hacia la piedra saliente y salto yo también. El aire frío me envuelve de inmediato, preparándome para el choque con el agua helada. Espero el impacto, sabiendo que pronto tendré que aceptar la inevitable sensación de estar envuelto en un el agua helada. El golpe llega; todo se vuelve frío y pesado, incluso los sonidos se amortiguan. Abro los ojos bajo el agua y pataleo torpemente hacia la superficie. Cuando saco la cabeza, mis brazos y piernas se mueven de forma desacompasada mientras peleo para mantenerme a flote.

—¡Niño al agua! ¡Niño al agua! —grita dramáticamente una mujer cerca de la orilla, agitando los brazos.

Busco a mi madre con la mirada. La veo levantarse de la toalla y acercarse tranquilamente a la mujer que ha dado la alarma. Al acercarme, las escucho:

—…Sabe nadar desde los tres años, no hay de qué preocuparse —dice mi madre, despreocupada, mientras se mete en el agua y me tiende la mano. Sonríe y exclama:— ¡Qué bien nada mi chico! —Nuestros ojos se encuentran, me siento feliz.

Allí, en las piscinas naturales, no puede existir el miedo. No logro entender por qué los demás se preocupan tanto por algo tan simple como saltar al agua. Ellos, los adultos, lo hacen y no pasa nada, ¿no?


Galicia, 30-11-2023

Escribo por WhatsApp a Paula:

Víctor: “Hola, espero que hayas tenido un buen día. Pasé por casa para coger algo de ropa, estaré unos días en casa de mi madre. Ya limpié la arena de los gatos y he hecho las tareas que me tocaban. Pero los cacharros siguen sin fregar. Te puedes encargar?”

Paula: “Pero por qué vas a estas horas? Va todo bien?”

No voy a empezar una discusión por WhatsApp.

Paula: “Sí, yo me encargo.”

Si tuviera un céntimo por cada vez que me lo dice y no lo hace, podría terminar de pagar el piso.

Paula: “Oyeee, el domingo es la comida con mis padres. No nos vas a dejar tirados, ¿verdad?”

Y aquí está, su victimismo a modo de palanca. No le preocupa si me voy a sentir cómodo, si puedo o si quiero ir. Lo único que importa es que nada arruine la foto familiar perfecta.

Víctor: “No te preocupes, estaré antes del domingo. Cuida de los gatos.”

Paula: “Quería que me acompañaras a comprarme un vestido para la ocasión a Lolita McTisell. Quiero estar perfecta para la ocasión y tú siempre eliges muy bien mi ropa!!”

Es cierto, suena pedante, pero tengo mejor gusto que ella eligiendo su ropa, y ella lo sabe, por los cumplidos que recibe de los demás. Pero lo que en realidad quiere decir es que no tiene dinero y que quiere que pague yo. Ya me lo conozco. Me gusta ir al barrio de las letras, pero ir con Paula supone gastar varios cientos de euros en ropa que acabará mal cuidada y destrozada en menos de un año. “Y tú remendando tus LEVIS todo el rato” dice el demonio susurrando a modo de reprimenda.

Víctor: “Va a ser difícil, quizá puedes ir con tu madre antes de la comida. A ella le gusta mucho también la tienda. Voy a ver si duermo un poco en el tren”

Consigo dar una cabezada torpe e incómoda que me da mas dolor de cuello que descanso.

El AVE llega puntual a Santiago de Compostela. Salgo de la estación y la brisa húmeda del norte me envuelve como una vieja conocida que nunca me ha dejado del todo. El diablo se retuerce suavemente en mi cabeza y se expande hasta que se disipa.

Un taxi me lleva por esas carreteras que conozco de memoria. El paisaje gallego se extiende bajo la oscuridad, con los eucaliptos alzándose a ambos lados del camino y el aire impregnado de salitre del Atlántico. Llegamos a Rianxo en plena madrugada. El puerto pesquero y las calles empedradas están en silencio. Sólo la luz de la luna ilumina el pueblo y también las rías. Me bajo del taxi, saco las llaves y me deslizo dentro de la casa empedrada.

Sin hacer ruido, acude Oso, el perro de mi madre. Se restriega contra mí con efusividad, pero sabiendo que no es momento de hacer ruido. Qué listo es. En la distancia, con sus ojos amarillos, me observa Sardina, la gata, sin decidirse a venir. Confío en no haber despertado a mi madre y subo las escaleras en silencio, acompañado por Oso y quizá por Sardina.

Mi habitación está como siempre. Mi madre se encarga de que todo esté igual. Me tumbo en la cama, las sábanas huelen a lavanda y a una infancia que ya me queda lejos, pero no puedo dormir. La sensación del yunque en el pecho vuelve. Las fotos se aparecen en mi mente cada vez que cierro los ojos: dados de la mano, la sonrisa de ella, sus labios encontrándose. ¡PARA, POR FAVOR!

Son las 6:30 de la mañana. Con suerte, habré dormido un par de horas. Tras darme una ducha rápida, decido ir a la playa con el portátil. Tengo que planificar el día y algunos correos atrasados que atender.

La playa está agitada, el cielo cubierto de nubes pesadas. Por ahora, me conformo con descalzarme y dejar que la arena fresca se hunda entre mis pies.

Abro el correo corporativo y comienzo a leer…

Mientras miro el correo, siento el alivio que siempre me da sumergirme en algo conocido y controlado. Aquí, al menos, todo sigue su curso: problemas, soluciones, objetivos claros. Todo lo contrario a la incertidumbre y el caos que me esperan en casa. El trabajo me da ese espacio donde sentirme útil, donde sé qué hacer y, lo más importante para mí, donde lo que hago tiene valor para los demás.

Como era de esperar, se ha retrasado una subida a producción. Carlos me debe un desayuno; hay dos correos de RRHH sobre nuevas contrataciones para uno de los proyectos que arrancarán fuerte el año que viene; y una queja sobre el incremento de costes en uno de los proyectos que gestiono… Querían más rapidez y como suelo decir: los galgos rápidos no son baratos. Tendré que desglosarlo más tarde.

Entonces, un correo de Dirección me llama la atención. Empiezo a leer: “Nos complace anunciar a la nueva Directora de Proyectos, Marisa Carbajal Ponce.”

Marisa y yo entramos el mismo día a la empresa. Siempre me ha impresionado su tesón, y los clientes no paran de hacerle buenos comentarios. Admiro su capacidad para cuidar cada detalle y manejar las conversaciones hacia donde quiere. Ojalá pudiera aprender de ella en ese sentido, porque yo tiendo a perderme en mis soliloquios. Su ascenso no me sorprende, me alegra, su esfuerzo ha dado frutos. 

Pero entonces, la voz del diablo cruje como el salitre al desprenderse de las rocas, recordándome: “¿Y de qué te ha servido todo ese sacrificio tuyo?”. Aún resuena en mi mente aquella conversación hace años en la que, con Paula, trazamos el plan para nuestro futuro. Ella quería terminar su doctorado y luego opositar para estabilizar su carrera. Mientras tanto, yo sostendría económicamente a la familia. Después, nos centraríamos en los objetivos que yo quería conseguir para nosotros: ahorrar para invertir en alguna propiedad como fuente de ingresos extra y disponer lo necesario para ampliar la familia. Recuperar la idea de hijos en mi mente me cierra la garganta y la llena de amargura. Sus metas se cumplieron, tal como planeó, mientras que las mías, que eran para los dos, se quedaron en para otro día, cada vez más lejanas. Seguramente para nunca ya.

La culpa me inunda. ¿Cómo no lo vi antes? Yo hablaba de metas compartidas, de un futuro en conjunto. Ella siempre está enfocada en su carrera, sus logros, sus planes…su, su, su… ¿Dónde quedó el «nosotros»?

Esos dos años de oposiciones fueron un calvario para mí. Paula se desentendió de las cosas cotidianas, de la casa, de nosotros como pareja. Aún me duele recordar la conversación en la que exploté diciendo: “Paula, no soy tu padre y esto no es un hostal”. Tampoco fué el momento oportuno para hablar.

Además, sus gastos eran desorbitados. Yo siempre he sido bastante desapegado del dinero, pero la amenaza de la hipoteca y la cuenta bancaria al borde del rojo me transformaron. Para ella, todo era más sencillo: “Le pediremos dinero a mi padre”.

¿Qué clase de familia íbamos a ser si tuviéramos que depender de su padre para salir adelante?

Me siento un idiota por haber permitido todo eso. Pensaba que con el tiempo todo encajaría, que ella valoraría el esfuerzo, los proyectos, la ilusión…

Agarro un puñado de arena y lo aprieto con fuerza, sintiendo cada grano escurrirse entre mis dedos. ¿Cómo no lo vi antes? Mi madre siempre tuvo razón, con su preocupación, advirtiéndome sobre los riesgos de seguir el ritmo de alguien que nunca conoció la humildad o el esfuerzo de ganarse cada uno de los lujos que se permitía.

Un cúmulo de texturas húmedas y babas se estampa en mi oreja, haciéndome dar un brinco. Oso, el cabrón, me ha dado un susto tremendo. Su pelaje largo y salvaje se eriza con el viento y la excitación. Le acaricio efusivamente y le arrojo un palo para jugar. Guardo el portátil en la mochila antes de que una de sus enormes patas lo aplaste.

A lo lejos, mi madre se acerca con Sardina caminando a su lado. Su expresión refleja esa mezcla de ternura y preocupación que solo una madre puede tener, como si ya supiera lo que estoy a punto de decirle. Mis ojos comienzan a humedecerse, y parpadeo rápidamente, preparándome para las palabras que llevo dentro.

—Ya está confirmado, Paula me está engañando —le digo sin rodeos. Las palabras fluyen con más facilidad de la que esperaba, como si hubieran estado aguardando este momento. Nos abrazamos durante mucho tiempo, y necesito reunir toda mi fuerza de voluntad para no derrumbarme allí mismo. Creo que ella percibe el ligero temblor en mi respiración al exhalar, me abraza más fuerte.

Ella asiente, sin sorpresa. Parte de mí sospecha que lo sabía. Caminamos juntos por la orilla, con Sardina y Oso a nuestro lado. El mar se extiende ante nosotros, indiferente. Siempre me ha reconfortado esa indiferencia del océano, como si nada de lo que ocurra en tu vida pudiera detener el constante ir y venir del agua.

—¿Te vas a quedar aquí una temporada? Quizá te venga bien reflexionar antes de tomar cualquier decisión —dice mi madre en un tono conciliador. La palabra «divorcio» flota en el aire, pero ambos decidimos evitarla.

—Diana llega este sábado, y el domingo tengo una comida con los suegros que regresan de Phoenix —respiro profundamente, me cuesta articular todo esto—. Mi plan es hablar con Paula después del fin de semana y, sí, probablemente me quede aquí un tiempo, si no te importa.

—¿Cómo me va a importar? Esta es tu casa, tu habitación siempre estará aquí para ti. Tomar distancia te hará bien. ¿Por qué no te vas a alguna de las otras oficinas a trabajar un tiempo? Siempre has dicho que te gustaría vivir en otro país unos meses. O podrías hacer ese viaje pendiente a Grecia: no tengas demasiada prisa por decidir —responde ella con ánimo. 

Siempre tiene una idea diferente, fresca e inesperada. Su mente es como un animal salvaje e impredecible, evitando los caminos y lindes establecidos. Le digo a menudo que es mi animal mitológico favorito.

Suspiro y respondo: —VV, vamos viendo.

—¿VV? ¿De dónde has sacado eso? —pregunta, divertida.

—Me lo enseñó Diana. Ya sabes cómo es. Un poco como tú.

Caminamos un poco más por la playa, hablando de Sardina y Oso, hasta que me despido para volver a mi habitación y trabajar.

Suena mi teléfono. Es Marisa.

—¡Víctor! Quería invitarte hoy a comer, pero me han dicho que vas a estar unos días fuera. ¿Cómo estás? ¿Va todo bien? —pregunta Marisa, tratando de contener su euforia con un tono profesional.

—Marisa, enhorabuena. Muy merecido el puesto. Me temo que ya no podré tutearte y me tocará recibir collejas tuyas —respondo en tono burlón y ambos reimos. Intento esquivar sus preguntas sobre qué ocurre. No quiero que me traten con algodones por todo lo de Paula, “y mucho menos que te rodeen con un cordón sanitario» me susurra el demonio enroscado en el estómago.

—Todo ha sido gracias a ti. Tú me has ayudado todo el rato y lo has hecho posible. Paula es una mujer muy, muy afortunada de tenerte.

Resoplo en silencio y cierro los ojos. Las fotos vuelven a mi mente. Aprieto la mandíbula mientras siento cómo el demonio se tensa desde mi talón hasta la coronilla.

—Como decía aquel impresentable que intentaba anotarse el punto: yo te monté el tablao y tú te marcaste el baile. ¿Te acuerdas de él? —Reímos juntos e intento que mi mente piense en ese tipo de tonterías. No vamos a hablar de Paula. No esta vez, Marisa.

La conversación sigue con proyectos que llevo y algunos pormenores del trabajo. Nos despedimos de manera efusiva, Marisa tiene que entrar a una reunión.

Cuando llego a mi habitación, enciendo el portátil y reviso algunos chats en Teams:

Diego:
“Chief, tenemos ya la primera versión de la funcionalidad nueva. ¿Podemos tener una llamada rápida esta mañana para aclarar unos requisitos?”

Marisa:
“Ey, has leído el correo? Quería haberte llamado antes para contártelo en primicia, pero se me adelantaron, jeje. Te debo tu peso en vino con casera como te gusta! Dónde andas? No te he visto hoy.”

A pesar de que ya hablamos por teléfono, la gratitud de Marisa me reconforta. Lo que más me gusta de mi trabajo es la relación con las personas. Cada vez que un compañero me agradece algo que he hecho, siento que mi labor tiene verdadero valor y que me gano el sueldo.

José Luis:
“Dónde nos vas a llevar a comer la semana que viene? Haznos un SPOILER!”

Marta:
“Víctor, necesito las tallas de camiseta de tu equipo para la carrera de empresas. Me las envías cuando puedas?”

Concha:
“Hola Víctor, tenemos otro candidato más para la vacante del equipo. Cuándo te viene bien agendar una entrevista con él?”

Mientras busco una pestaña del navegador, veo el correo… y ahí están las fotos. La garganta se me cierra y la mandíbula empieza a temblar. Las palabras de Marisa resuenan en mi cabeza: “Paula es una mujer muy, muy afortunada.”

Me giro para asegurarme de que la puerta está cerrada. No quiero que nadie me vea así. Sardina, en el quicio de la puerta, emite un suave maullido y se acerca a restregarse contra la silla. Cierro la puerta y la cojo para ponerla en mi regazo. Su pelo está áspero y curtido por sus paseos por el puerto, y huele a pescado. Seguramente haya cazado o robado algún pez hace poco.

El aviso de una reunión en 15 minutos aparece en la pantalla, seguido de un chat:

Pedro:
“El cliente está preguntando por el bug que se detectó la semana pasada. Quieren una solución ya y hay que exponerla en la reunión de dentro de 15 minutos.”

Contesto para tranquilizarlo. Sé que no está nervioso, pero no le gusta que nos pongan en evidencia. Es muy profesional, y a mí tampoco me gusta que nos cojan por sorpresa.

Víctor:
“No te preocupes, Pedro. Llevaré yo la reunión. Gracias por el trabajo de ayer. Vamos a lucirnos enseñándoles el progreso y, además, a tranquilizarlos con ese maldito bug.”

Resoplo e intento controlar mi respiración. Noto la áspera lengua de Sardina en mi mano, le doy un beso en la cabeza y la dejo en el suelo para ir al baño. Mis ojos están rojos, y las ojeras me hacen parecer un mapache. Tengo que estar presentable para la reunión. No sé cómo lo voy a conseguir.

Vamos. El show debe continuar, Pagliacci.

La jornada se alarga hasta bastante tarde para cerrar todos los temas pendientes. Cierro el portátil en cuanto puedo, me enfundo en el neopreno y me dirijo a la playa. Apenas he comido, no me entra nada.

Bajo el agua, mientras mis pulmones aguantan, todo lo demás se desvanece. Solo queda el instinto de controlar el oxígeno y el movimiento de mis extremidades. El frío denso del Atlántico me envuelve como si quisiera reafirmar su inmensidad. A través de las gafas de buceo, las turbulencias de la superficie se difuminan, y el mundo submarino se revela nítido, quieto, distante de todo lo demás. Aquí abajo, todo parece más claro, más sencillo. El océano, que desde fuera es denso y agitado, se transforma en un espacio donde mi mente se reduce a lo esencial: contener la respiración y moverse. El único lugar donde puedo escapar de lo que me atormenta arriba.

No queda más que una hora de luz. El cielo sigue cubierto, y aunque el traje de neopreno me protege un poco, el frío aún se cuela por cada poro. Floto boca arriba, inmóvil, mientras las olas me mecen suavemente y el chirimiri cae sobre la cara. Echaba de menos todo esto.

Pienso en el trabajo. Me da estructura, me ancla, al menos en la superficie. Cumplir horas, obtener resultados, recibir mi salario a fin de mes… esas son las reglas. Claras. Pero todo lo demás, todo lo que no es trabajo, es un océano de incertidumbre. Debería sentirme agradecido por tener algo sólido a lo que aferrarme, pero no lo consigo.

Intento relajarme, dejar de pensar, pero me niego a cerrar los ojos. No por si me duermo, sino porque no quiero ver esas imágenes grabadas en mi mente.

Mi regreso a Madrid ya está prácticamente planificado: la comida con los suegros, ver a Diana, la conversación con Paula. Imagino todos los escenarios posibles: Paula enfurecida, Paula destrozada, o incluso Francis, ese tipo, interponiéndose en medio de la conversación… Aunque no lo distingo bien en las fotos que me he atrevido a ver, sé perfectamente que se trata de Francis.

Lo he visto dos veces: delgado, más joven que yo, unos doce años menor, con una voz conciliadora. Eso significa que es unos cinco años más joven que Paula. Quiero sentir ira contra él, pero lo único que logro sentir es la incredulidad y el dolor causado por Paula. Lo último que me faltaría sería una escena ridícula de los dos peleándonos por ella. “¿Te imaginas? Podrías darle una paliza sin problema. Mides mucho más que él y no debe pesar mucho más de la mitad que tú” dice el diablo efusivamente dentro de mis brazos.

Siento un golpe fuerte en el hombro, como un puñetazo mal dado que me hunde la cabeza bajo el agua, seguido varios golpes más en el pecho y las costillas. Es Oso, que ha nadado hasta aquí, el muy gilipollas está intentando que no me ahogue a su manera. Comienzo a moverme y le pido que se calme. Comienza a guiarme con total dedicación hacia la orilla.

Pienso fugazmente en lo que podría haber pasado si me hubiera dejado llevar por el mar un poco más, si hubiera cerrado los ojos y simplemente permitido que todo siguiera su curso. Siento que estoy perdiendo el control y no encuentro nada a lo que aferrarme para evitar que esta situación acabe rompiendo todo.

Oso se ha dado cuenta de que he bajado el ritmo y regresa dispuesto a darme otro golpe con esas patazas que tiene. Comienzo a nadar a máxima velocidad y lo dejo atrás. Me recuerda a mí mismo de niño nadando: pura motivación y ninguna técnica.

Me cuestiono si tendré ahora la motivación para lanzarme y zambullirme como entonces en las aguas frías que se avecinan este finde.

En la orilla está mi madre, envuelta en uno de sus pesados chales, fumando un cigarro.

Saluda con energía desafiando al viento y exclama:
—¡Qué bien nadan mis chicos!

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