Capítulo 1: El Final del Primer Tiempo
Madrid, 29-11-2023
Cierro la pestaña del informe de gastos del equipo, a veces echo de menos el terminal y los comandos de consola en vez de tanto Excel. Al mismo tiempo, el teléfono vibra sobre la mesa. El número no lo reconozco, pero en este día tan anodino, cualquier distracción es bienvenida.
—¿Víctor Castroverde? —pregunta una voz femenina al otro lado, con un tono que no reconozco pero que es firme, muy decidido.
—Sí, soy yo —respondo, esperándome una oferta de cambio de móvil u otro SPAM.
—Soy Martina, la hermana de Carlos. Carlos… tu compañero de trabajo. ¿Te sitúas?
Carlos, el tipo del quinto piso que nunca entendí cómo podía hablar de criptomonedas durante horas sin atragantarse. Claro, su hermana, la detective privada, me llama. Tiene que ser algo importante. Nunca pensé que lo haría. Le pagué 300€ hace unos meses para que investigara un poco, y ya hasta se me había olvidado. Tenía la esperanza de que no encontrara nada y todo fuera cosas de mi paranoica mente.
—Te he mandado un correo con… unas fotos. Creo que necesitas verlas.
La palabra «fotos» me congela un segundo. ¿Fotos? ¿De qué? Solo podía ser de una cosa. Y esa cosa llevaba meses caminando como un fantasma por la casa, Paula, con su móvil siempre girado hacia el pecho, como si estuviera escondiendo algo.
—Ok, gracias Martina. Estamos en contacto. —digo, ya con la garganta seca.
Cuelgo y abro el correo, sabiendo muy bien lo que viene, pero aún esperando, como un idiota, que sea otra cosa. Pero no. Las fotos están ahí. Ella. Con otro, no termino de reconocerle. Tomados de la mano como si fueran adolescentes. Otra foto: entrando en un hotel. Y otra más: saliendo horas después. Hay más, más explícitas…aparto la vista.
Me siento más estúpido que nunca. Porque lo supe todo el tiempo, ¿verdad? Lo supe desde hace meses. Pero uno siempre se aferra a la idea de que son imaginaciones, de que puedes estar imaginando las grietas antes de que se te caiga la casa encima.
Agarro el móvil y marco el número de Teresa, la abogada, a quien ya había contactado antes, cuando las cosas entre Paula y yo empezaron a desmoronarse.
—Víctor, ¿Qué tal? —contesta Teresa con ese tono profesional con afecto fingido que no sé si me calma o me irrita más.
—Es oficial Teresa —le suelto sin preámbulos—. Hay otro.
Silencio. Lo puedo escuchar perfectamente: el sonido de los papeles que Teresa está ordenando mientras procesa lo que le acabo de decir. Oigo su silla moverse y sus pasos mientras se aleja del bullicio.
—Lo siento, Víctor. —Suspira. Ahora parece un poco más humana y honesta—. ¿Quieres proceder ya con el divorcio? ¿O quieres esperar? Podemos mantenerlo amistoso si eso es lo que prefieres.
Lo amistoso siempre había sido el plan. Un año más, tal vez para ver si las cosas mejoraban. Que los dos pudiéramos sobreponernos de esto sin destrozar todo a nuestro paso. Pero ahora las fotos me queman en mi mente.
—Sí, adelante. Hagámoslo —respondo, porque ya no hay marcha atrás. Todo lo demás parece ridículo.
Cuelgo y siento que mi escritorio me hunde. Abro el grupo de WhatsApp “Nadie dice nada” con los chicos, uno de los rincones de mi vida que aún no está manchado por esta mierda.
Víctor:
«Confirmado. Hay otro.»
Añado un par de fotos, las suficientes para que quede claro sin necesidad de palabras. Nadie responde de inmediato, pero sé que lo harán. Todos se lo olían como yo. Todos habían visto los mismos síntomas, las mismas señales que yo ignoré como un idiota.
Levanto el móvil de nuevo, esta vez para llamar a Diana, mi mejor amiga, la única persona que realmente podría entender lo que está pasando por mi cabeza. Ella vive a miles de kilómetros, junto a su marido y sus hijos, pero siempre ha sido mi ancla en medio de este caos.
Ella contesta casi al instante.
—¡Víctor! ¿Qué pasa? Me pillas justo perdiendo un bus — Su tono es alegre al principio, pero cambia en cuanto escucha mi respiración entrecortada.
—Me está engañando, Diana. Ya esta confirmado, tengo… —No puedo decir más. Las palabras se atascan en mi garganta, y siento que me estoy rompiendo, aquí mismo, en la oficina.
La energía de Diana se desvanece por completo.
—No…Víctor… —Su tono se vuelve quebrado, empático—. Lo siento tanto…
Y es ahí, en medio de la oficina vacía, con la única luz fría de mi pantalla brillando sobre las fotos, que me desmorono. Me apoyo en la pared mientras me deslizo hacia abajo y me quedo de cuclillas con la cabeza caída mirando con ojos llorosos a un suelo que no consigo enfocar.
Las lágrimas caen sin que pueda detenerlas. El nudo en mi garganta se aprieta más con cada intento de articular una palabra, y me dejo llevar. Ahora, la pantalla de mi portátil muestra las pruebas de lo que había sospechado por tanto tiempo pero que no quería aceptar. Paula, con otro hombre. Las imágenes parecen una película, pero es mi vida, y en esta historia, soy el idiota que no se dio cuenta.
—Víctor, respira —dice Diana al otro lado del teléfono, su voz más suave que nunca—. No tienes que decir nada, solo respira, ¿vale?
Cierro los ojos, intento controlarme, pero las imágenes no se van. Las veo incluso con los párpados cerrados: Paula sonriendo, tomándose de la mano de otro, como si yo no existiera, como si todo lo que habíamos construido no importara.
—No sé qué más…hacer…no puedo mas —consigo decir entre respiraciones cortas. Me siento desorientado y perdido en medio de la nada, sin rumbo, sin saber a dónde ir.
—Lo sé, lo sé… —Diana parece buscar las palabras adecuadas, pero yo sé que no las hay—. No tienes que hacer nada ahora ¿Vale?. No te precipites. En cuanto llegue a casa voy a buscar un vuelo ¿De acuerdo?. No estás solo en esto.
Pero lo estoy, ¿no? Soy yo quien tiene que despertarse mañana y seguir adelante con una vida que ya no tiene sentido. No importa cuánto me consuele Diana, o cuánto me apoyen mis amigos, al final soy yo quien se está rompiendo a pedazos, como un Fórmula 1 dando vueltas de campana por el circuito a 300 km por hora.
Me seco las lágrimas con el dorso de la mano, intentando recomponerme. No puedo dejar que alguien me vea así, no aquí, no en la oficina. Aún falta para que la gente vuelva de comer, pero ¿Qué más da? Nadie se ha dado cuenta de nada en meses, nadie ha preguntado si estoy bien o si algo está mal. ¿Por qué habrían de hacerlo ahora? Soy el que siempre mantiene la calma en la oficina en las crisis.
—Gracias, Diana… —murmuro, sin saber cómo terminar la frase. No hay nada más que sea capaz de decir, solo vacío.
—Víctor, escucha —su tono es más firme ahora, más directo, como si supiera que necesita sacarme de este pozo oscuro—. No dejes que esto te defina. No eres solo esto. No eres solo este momento. Tienes mucho más por delante. Vamos a salir de esto juntos, ¿vale?
«Vamos», dice ella, como si pudiera cargar conmigo. Peso casi el doble que ella, la muy idiota lo intentaría seguro. Eso me hace sonreír. Pero sé que lo dice porque me quiere, porque siempre ha sido la que cree en mí cuando ni siquiera yo lo hago. Respiro hondo y trato de creerlo también.
—Sí…Hablamos luego ¿Vale? Tengo que volver —respondo, aunque no estoy seguro de que sea verdad.
Cuelgo el teléfono, vuelvo a la silla y miro de nuevo la pantalla, las fotos. Me obligo a cerrarlas. No puedo seguir mirándolas. No más. Las dejo en una carpeta fuera de la bandeja de entrada, como un mal recuerdo que no quiero ver, pero que está ahí, esperando para salir en cualquier momento.
El móvil vibra de nuevo. Mensaje en el grupo “Nadie dice nada”:
Carlos Martín:
«Joder, tío, lo siento. Sabíamos que algo pasaba, pero… esto es una mierda. Si necesitas hablar, avisa. Nos vemos cuando quieras.»
Lo leo, pero no respondo. ¿Qué podría decir? Las palabras son inútiles ahora. La realidad es una mierda, y no hay forma de disfrazarlo.
Mañana será otro día. Pero hoy… hoy se siente como el fin de todo.
Me limpio la cara rápidamente, buscando algo de dignidad antes de levantarme de la silla. Después, el espejo del baño de la oficina refleja a un tipo que no reconozco, y por un segundo, pienso en qué tan rápido todo esto se fue a la mierda. El hilo musical del habitáculo deja de oírse y mi mente se embucla en lo que parecen horas. Saco el móvil de nuevo, aún húmedo por las lágrimas que dejé caer, y marco el número de Diego, uno de los veteranos de mi equipo. No puedo arriesgarme a desmoronarme en una reunión. No después de esto.
Diego contesta rápido.
—¿Qué pasa, Chief? Estamos en el italiano. ¿Te esperamos? —Su voz es alegre suena con el sonido de fondo de la comida con los compañeros.
—Diego, escúchame. Ha surgido algo. No puedo encargarme de la reunión con el cliente esta tarde. —Trato de sonar más fuerte de lo que me siento—. Encárgate tú y apáñate con los chicos, ¿vale? Todos saben qué hacer. Los requisitos ya están claros. Solo es presentar los avances de este sprint y recoger sus preguntas. Organizaré otra para esta semana para responderles a todo. No te dejes enredar con los tiempos de carga, diles que ya está en seguimiento y depuración. Y si se ponen pesados con algo, diles que les llamaré mañana y lo hablamos.
—Eh…¿Va todo bien, Chief? —pregunta, sorprendido.
—Si, no te preocupes — Ese es mi rol, el tío que tiene todo bajo control y con el que siempre todo va bien —. Confío en que lo manejarás bien. Si necesitáis algo, estaré disponible por Teams, pero… no podré estar en la llamada, ¿vale?
Silencio al otro lado. Diego es uno de los veteranos, sabe que si digo que no puedo, significa que realmente no puedo.
—Vale, no te preocupes, lo tenemos controlado. Tú tranquilo. —Diego siempre fue buen tipo, y eso alivia un poco la culpa que siento por dejarlos solos. Sobrevivirán.
Cuelgo y paso rápidamente por el escritorio, tomando mis cosas con una velocidad que podrían haber confundido con urgencia laboral, pero en realidad es solo la necesidad de escapar. De salir de ahí antes de que alguien me pregunte algo, antes de que me miren como a un hombre roto y me derrumbe delante de alguna cara amable preguntándome por un café abajo.
La puerta del ascensor se cierra y por fin siento que puedo respirar, aunque el nudo en el estómago sigue ahí. Decido irme a comer solo, lejos de la oficina, de todo. La tarde libre. Necesito pensar y asimilarlo, necesito unas horas.
Camino sin rumbo por las calles del barrio de Salamanca, buscando algún lugar donde sentarme, pero todos los restaurantes me parecen demasiado llenos de gente. No, gracias. Encuentro curiosamente tranquilo El Perro y la Galleta y me deslizo dentro como un fugitivo.
Pido un menú que ni siquiera me molesto en mirar, solo para avanzar un poco mientras mi mente sigue en bucle, sigo procesando todo lo que ha pasado hoy. Lo único que me importa es que me pongan la botella de vino, necesito algo de beber.
El móvil vibra de nuevo. Bajo la mirada con desgana. Un mensaje de Paula.
Paula:
«Me he dejado el tupper fuera, y seguro que los gatos están intentando comérselo. Puedes pasar por casa y guardarlo?»
Encima, acompañado de un emoticono con carita de victima. JODER.
En serio. ¿En serio? Después de todo lo que ha pasado, de las malditas fotos, del engaño, de desmoronarme en medio del trabajo… ¿y me vienes con tus putos descuidos de siempre? No sé si debería reírme o explotar del todo. Solo puedo apoyar la frente en la mesa, como si estuviera cargando con el peso del fin del mundo. Porque no es suficiente con el caos de mi vida desmoronándose, ¿no? No, tengo que dejar lo que esté haciendo y hay que poner máxima prioridad a sus continuos descuidos adolescentes.
Y entonces lo siento… el demonio que llevo dentro sacudiéndose, furioso, susurrándome: «Vamos, responde: ¿Por qué no le dices a tu amante que vaya él?» Ahí está, latiendo en mis entrañas, queriendo salir. Por un segundo lo saboreo, la idea de dejar salir esa rabia contenida, de decirlo con todas las letras. Pero suspiro y lo empujo de nuevo a sus cadenas.
Te juro que el universo tiene un sentido del humor muy retorcido a veces. Es como si estuviera en estado de shock, como un soldado tras la explosión de un obús que ha borrado todo a su alrededor, y mientras tanto, Paula a mi lado, tirándome de la chaqueta: «¡Oye, mi tupper!». Y yo, con los oídos pitando de la explosión, sin entender nada, mientras ella sigue insistiendo: «¡Los gatos! Que se van a comer el tupper».
Le respondo con una mezcla de indignación y agotamiento mental.
Víctor:
«Estoy fuera, no puedo ir ahora. Confiemos en que esté bien cerrado y aguante el golpe con el suelo.»
Un poco sojas, lo sé. Bloqueo el móvil y lo dejo boca abajo sobre la mesa, decidido a ignorar cualquier otra cosa que venga. Demasiado por hoy. Veremos si soy capaz.
Llega la botella de vino a la mesa y me pongo una copa generosa, entra como agua sin sentir el sabor apenas. Mis sentidos están como acorchados.
Justo cuando me sirvo la segunda copa de vino, el teléfono vuelve a vibrar. No debería, pero lo vuelvo a mirar. Esta vez, es una llamada. Número guardado, conocido… Mi suegra.
Respiro hondo antes de contestar. No es el momento, pero si no lo hago ahora, me llamará tres veces más y me llenará el buzón de voz.
—Hola, Carmen —digo, con el tono más neutro que puedo encontrar.
—¡Víctor! —Su voz tiene ese toque de falsa amabilidad que siempre usa como si fuera la anfitriona de una fiesta —. Escucha, este domingo volvemos a España y estábamos pensando en hacer una comida familiar. Tenemos muchas ganas de veros. Sería bonito reunirnos, ¿no crees?
«Sería bonito», dice. ¿De verdad tienen idea de lo que está pasando? ¿Se lo ha contado Paula? Porque si pretenden hacer como si nada, soy capaz de perder los papeles allí mismo, frente a toda su «perfecta» familia y dejar al demonio que tome el control. Me imagino la escena: su padre hablando de su último partido de tenis, su madre sirviendo más vino y yo, en la mesa, con la imagen de las fotos grabada a fuego en mi mente y teniendo que sonreír con Paula al lado como si nada.
—No lo sé, Carmen… Déjame que lo mire, esta semana estamos muy apurados en el trabajo y voy a tener que trabajar el finde. —Intento sonar educado, aunque el nudo en mi estómago se aprieta más con cada palabra. No es el momento para las comidas familiares estilo Isabel Preysler.
—Víctor, por favor inténtalo. Baltasar te aprecia mucho y tiene muchas ganas de verte. Además…¡os hemos comprado unos regalos artesanales chulísimos!
—Suena bien. Déjame ver y te digo algo—digo, sabiendo que al final no tendré escapatoria si quiero mantener las apariencias.
Cuelgo, sintiendo que el peso de todo esto empieza a aplastarme otra vez. Dejo el móvil sobre la mesa y me recuesto, buscando un respiro. Pero apenas pasan cinco minutos cuando vuelve a sonar. Esta vez es Diana. Tomo aire antes de contestar.
—¡Víctor! —Su energía chispeante se filtra a través del teléfono—. Tengo el vuelo. Llego el sábado con los niños. No te preocupes, se los dejaré a mis padres y podremos hacer lo que necesites. Solo quiero estar allí contigo, ¿vale? No vas a estar solo en todo esto.
—Diana… —digo, con el agobio colándose en cada palabra—. Acaban de llamarme los padres de Paula. Quieren hacer una comida el domingo. Todos juntos, como si nada.
Diana guarda silencio por un segundo. La conozco, está mirando hacia arriba pensando. Luego, su voz pierde ese toque chispeante habitual.
—¿Qué? ¿Una comida familiar? —pregunta, tratando de contener su confusión—. ¿Pero ellos saben algo?
—No… no tienen ni idea. Bueno, no sé la verdad. Creerán que todo sigue como siempre. Sabes que nunca hablan de cosas que no sean maravillosas o de postal —Respiro profundamente, agotado por la situación—. Y Paula pues seguirá fingiendo claro.
—¿Y qué quieres hacer, Vik? —pregunta Diana, con una mezcla de empatía y preocupación.
—No lo sé —respondo, dejándome escurrir en la silla de nuevo—. No lo sé, Diana. Voy a cumplir 40 años dentro de poco, ya estoy en la mitad del partido, y este compromiso, todo lo que se ha apostado aquí… esto no es como las relaciones de cuando éramos chavales. Se supone —el hilo de voz se me corta cuando las siguientes palabras me golpean en la mente—, se supone que esta relación era… era de verdad, la auténtica.
Diana se queda en silencio al otro lado de la línea, dándome espacio. Ella siempre ha sabido cuándo hablar y cuándo simplemente estar. Respiro profundamente, buscando recomponerme.
—Víctor… —empieza, su voz suave pero firme—, lo sé. Te entiendo. Pero… esto no es el final de todo. Prométeme que no te vas a quedar atrapado aquí.
Miro mi reflejo en la botella de vino, las palabras de Diana resonando en mi cabeza. «No te quedes atrapado aquí.»
—¿En El Perro y la Galleta? ¡Ni de coña, Di! Si se llamara El Gato y la Galleta, a lo mejor me lo pensaba… ¿Por qué todo el mundo está tan obsesionado con los perros? —intento hacer una broma para aliviar el ambiente, aunque la sonrisa me sale forzada—. Te llamo después, ¿vale? —añado, haciendo un esfuerzo por mantener la compostura antes de colgar.
Me pongo la chaqueta. Necesito salir de aquí y caminar, despejarme. Dejo un billete en la mesa y, mientras me cruzo con el camarero que trae la comida, le digo que ya está pagado, pero que tengo que irme por un imprevisto. Y tanto que es un imprevisto… en este día que prometía ser uno más, anodino y sin sobresaltos.
Nunca me ha convencido la decoración, el precio ni la calidad de El Perro y la Galleta. Siempre lo he visto como un restaurante que se esfuerza en parecer más de lo que es, un wannabe. Salgo a la calle, y el aire fresco me golpea la cara. El cielo se ha nublado, y el viento anuncia tormenta. Dejo atrás ese restaurante que me resulta tan indiferente. Ni siquiera recuerdo qué había pedido.
